El lugar de las mujeres en el fascismo

KKK

Por: Alba Carosio

“En el código fascista, los hombres son superiores a lasmujeres, los soldados a los civiles, los miembros del partido a los que no lo son, la propia nación a las demás, los fuertes a los débiles, y los vencedores en la guerra a los vencidos”

William Ebenstein

El fascismo cree en la desigualdad entre las personas, no todas y todos somos iguales, la naturaleza y la sociedad hace a algunos superiores y a otros inferiores. Menos fuerza, menos inteligencia, en general menos capacidad en general, son los motivos de la desigualdad. En todo caso, la inferioridad es vista como un peligro contaminante, por quienes son superiores deben disciplinar a los inferiores para que ocupen su lugar o exterminarlos. Las sociedades -en la ideología fascista- funcionan como pirámides, con una masa al servicio de las élites.

El racismo, la xenofobia y el sexismo son una consecuencia necesaria del darwinismo social, que es un rasgo constitutivo del fascismo que promueve el desprecio y la opresión total contra los considerados débiles. Así, las mujeres tienen misiones en la vida pero nunca las relacionadas o vinculadas con la política o el ejercicio profesional fuera del ámbito doméstico. Los nazis establecieron el modelo de las denominadas tres K: Kinder, Küche, Kirche, es decir, niños, cocina, iglesia.

El “lugar de la mujer”, es básicamente el hogar, en el que debía desempeñar el papel de reproductora de la raza. La maternidad era un deber patriótico, atendiendo y sirviendo a su familia así como conservando y transmitiendo los valores de la cultura. Para ella, la vida debía limitarse a la esfera privada porque carecía de talento para la vida pública, y para la creatividad. *Pilar Primo de Rivera, fundadora e impulsora de la Sección Femenina de la Falange, decía en 1942: “las mujeres nunca descubren nada, les falta desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos han hecho”.

El fascismo intentó conservar y desarrollar la concepción patriarcal de la familia enfatizando la autoridad del padre y la subordinación de las mujeres, fueran esposas o hijas. El lugar femenino por excelencia era la casa, en donde ellas debían realizar sus actividades “propias” y específicas, dotadas como estaban por “naturaleza” de espíritu de sacrificio, modestia y resignación, características que – entroncadas con la tradición católica – conformaban el modelo de mujer fascista.

Los nazis alemanes desarrollaron un programa de reproducción para hacer crecer la raza aria. Heinrich Himmler creó en 1935 la Lebensborn (alemán para «fuente de vida»), casas donde se acogía a las embarazadas y promovía que mujeres solteras consideradas racialmente valiosas tuvieran relaciones con miembros de la SS para concebir los hijos que necesitaba la nación. Partían de la idea de que los nacimientos debían superar el número de muertes en la guerra y por lo tanto todas las mujeres tenían la obligación de ser madres, las casadas por lo menos debían tener cuatro hijos, y las solteras también debían concebir. Se alentaba a las mujeres alemanas para que “tuvieran hijos para Hitler”, eran máquinas de gestación.

Para los fascistas italianos las familias numerosas eran un ideal. Las mujeres que no eran madres eran unas figuras de confusión y desorden. Mussolini sostenía que “La maternidad es la obligación de la mujer como la guerra lo es del hombre”. El Duce pedía nacimientos, muchos nacimientos para que Italia llegara a ser un imperio. Y para lograrlo, sostenía que “a las mujeres, bastonazos e hijos”.

Sobre las mujeres recayeron las más duras repercusiones de la aplicación de la ideología autoritaria, y también de la crisis económica. No sólo se esperaba del ama de casa que fuera una abnegada esposa y una madre prolífica sino también que manejara con destreza unos recursos cada vez más escasos.

Alba Carosio / Red La Araña Feminista

albacarosio@gmail.com

* Pilar Primo de Rivera vivió casi 84 años entre 1907 y 1991, en una España convulsionada por la violencia de la guerra y el fascismo genocida. Era hermana de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, partido político de extrema derecha. El padre de ambos fue Miguel Primo de Rivera, dictador español entre  1923 y 1930, antes de la Segunda República.

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