Luis Navarrete Orta:“Si triunfa el golpe de Estado, aquí viene una arremetida fascista”

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A pesar de que su obra “es apenas un breve folleto” (así lo llama él, humildemente), el profesor Luis Navarrete Orta ha sido una de las grandes figuras de la X Feria Internacional del Libro de Venezuela, que acaba de concluir exitosamente. Caminar a su lado por los pasillos de la Filven fue como ir acompañando a un sumo pontífice: a cada paso alguien le hacía reverencias y le expresaba sus respetos. Es la cosecha de una larga siembra, pues este caraqueño nacido en 1932 ha sido maestro de numerosas generaciones de profesionales universitarios en los campos de las Letras y la Comunicación Social.

El folleto en cuestión se titula El fascismo, vanguardia extremista del capitalismo y fue editado por la Universidad Bolivariana de Venezuela. La semana pasada recibió amplia difusión a través de los diarios Ciudad Ccs y Correo del Orinoco, hecho que fue destacado por el presidente Nicolás Maduro.

—El término fascismo se ha vulgarizado, banalizado, lo usan indistintamente el Gobierno y la oposición. ¿Cuál es la definición exacta que deberíamos aplicarle a este término?

—Yo lo uso con una cierta prudencia, no estoy de acuerdo en banalizarlo ni de aplicárselo a cualquier gobierno, político o tendencia ideológica que sea de extrema derecha. Eso es un error porque no ayuda a determinar con exactitud qué es el fascismo como tendencia filosófica, postura política o forma de gobierno. En la obra yo señalo que los académicos, especialistas, politólogos, historiadores, etcétera, tienen derecho a reclamar que no se use el término de esa forma tan alegre y ligera. En un artículo de Maryclen Stelling, titulado Atrapado sin salida, se dice que tanto la oposición como el gobierno han caído en la trampa bélica confrontacional del etiquetaje para caracterizar negativamente al adversario, por ejemplo, “fascismo neoliberal” versus “dictadura fascista”. Yo creo que ella tiene razón en cierto sentido, pero no se puede negar que ese término ha cobrado tal fuerza en la contienda política directa e inmediata, en los dirigentes políticos, en la lucha propagandística, que no podemos pedirle a un movimiento político que no use ese término cuando se está enfrentando a un sector de la ultraderecha con signos fascistas, que está muy cerca de lo que se ha llamado fascismo. En conclusión, es un término que debe ser usado con cuidado por los académicos, pero no se le puede pedir a un líder político que está en plena pelea que no llame fascistas a sus adversarios. Es algo que ya forma parte de la pelea política práctica. El maestro Andrés Bello decía que lo que vale es el uso de la palabra y (Ángel) Rosenblat planteaba que el pueblo es quien consagra el significado de una palabra a través de su uso. Entonces, la palabra fascista puede tener un uso más específico para los científicos sociales, pero en la boca del pueblo va más allá.

—Pero también hay una vulgarización del término desde la derecha hacia la Revolución. Por ejemplo, los dirigentes de la guarimba dicen que el Gobierno tiene grupos de choque y que eso es un gesto fascista…

—Claro, porque el discurso de la Revolución llega muy profundamente a las masas, tiene un anclaje social y político. La derecha, que no ha podido derrotar al Gobierno mediante elecciones, para tratar de ganarse a esas masas ha asumido la estrategia de usar el lenguaje revolucionario, pero al revés. Por eso acusa al Gobierno de fascista, se ponen las gorras tricolores, etcétera…

—¿Entonces, el planteamiento suyo es más científico que político, al plantear que el fascismo es la etapa final del capitalismo?

—Bueno, yo no digo que sea la etapa final, no creo que lo sea. El fascismo es el modo más extremista de la derecha radical, un modo terrorista, incluso, de responder al auge de los procesos revolucionarios. Cuando los movimientos populares, de la clase obrera, de la clase media revolucionaria, de los intelectuales revolucionarios, alcanzan un momento de auge y amenazan con desplazar a un gobierno de derecha, es el fascismo el que sale a parar ese movimiento. Es como una reserva que tiene el capitalismo para impedir que las masas populares y la izquierda lleguen al poder. Eso fue lo que ocurrió en la Italia de Mussolini y en la Alemania de Hitler. En medio de una crisis económica, social, política y cultural feroz del capitalismo mundial emergen las fuerzas revolucionarias con posibilidades de tomar el poder. La única forma de impedir que esas masas italianas y alemanas tomaran el poder era el surgimiento de movimientos radicales dentro del capitalismo. En mi análisis digo que cuando los revolucionarios ponen en peligro al poder burgués, el fascismo asume la hegemonía política para reprimir con violencia extrema a ese enemigo y para impedir que desplace a los capitalistas del poder. Más adelante, añado que “en definitiva, la insurgencia revolucionaria acarrea la emergencia contrarrevolucionaria del fascismo”. Por eso digo que es la vanguardia extrema del capitalismo, pero no se diferencia del capitalismo, solo es una forma más extrema.

—¿Cómo opera esto en un caso como el venezolano, donde el movimiento revolucionario ya está en el poder? ¿Por qué en determinados momentos asume el rol protagónico la vanguardia fascista?

—Sí, hay que diferenciar entre el fascismo en el poder, que fue lo ocurrido en los casos de Italia y Alemania, del fascismo en la oposición. En América Latina ha habido dos casos muy emblemáticos de esto último, uno es el de Chile. Cuando Allende llega al poder por vía electoral, los factores más radicales de la derecha comienzan a movilizarse para que se desconozca su triunfo. El director del diario El Mercurio (Agustín Edwards Eastman) va a entrevistarse con (Richard) Nixon y (Henry) Kissinger, nada menos, para pedirles que Estados Unidos impidiera que el Congreso chileno ratificara la designación de Allende, tal como lo establece la Constitución de Chile. No lo lograron porque Allende alcanzó un acuerdo con la Democracia Cristiana, pero inmediatamente comenzó la conspiración, usando todas las formas de sabotaje que se pueden usar contra un gobierno de izquierda. Hicieron todo lo que luego repitieron acá en contra de Hugo Chávez: guerra económica y mediática. Y uno de los líderes más destacados de esa conspiración fue un joven intelectual que fundó Patria y Libertad, un movimiento con evidentes signos fascistas, pues incluso realizaba acciones violentas, de corte paramilitar. Y tanto sabotearon y conspiraron, hasta que lograron derrocar a Allende.

—A partir de allí pasan a ser fascismo en el poder, es decir, algo más parecido a lo ocurrido con Mussolini y Hitler, ¿cierto?

—Sí, al llegar al poder aplican el terrorismo de Estado de una manera terrible porque quieren atemorizar no solo a los revolucionarios chilenos sino también a toda América Latina. El mensaje era claro: esto no se puede repetir, nunca vamos a permitir que las fuerzas populares lleguen al poder por vía electoral. Por eso hay torturas, fusilamientos, asesinatos de líderes obreros, generales, cultores. Ese proceso es uno de los ejemplos más destacados de fascismo en este continente. Algunos dirán que no fue igualito a Hitler, pero no hay duda de que el fascismo allí mostró todo de lo que es capaz.

—¿Cabría esperar algo parecido si la oposición radical logra llegar al poder?

—Exacto. Solo hay que recordar lo que pasó cuando le dieron al golpe a Chávez en 2002. Lo que pretendían era que el Comandante aceptara subirse a un avión que luego se iba a caer. Lo mismo iba a pasar con Allende, según se comprobó por las conversaciones de Pinochet con otros generales, pero no ocurrió porque Allende decidió morir en el palacio… Fíjate en las similitudes, ¿entonces, coño, cómo uno no va a llamar a eso fascismo?

—¿La época de la democracia puntofijista, los famosos 40 años de los que tanto habló Chávez, fueron una época fascista o no llegó a esos extremos?

—El fascismo se ha expresado en grupos minoritarios muy radicales de ultraderecha como expresión filosófica, política, ideológica, cultural, pero esos gobiernos no eran netamente fascistas. Eran gobiernos de derecha, a veces extremadamente conservadores, muy oligarcas y muy represivos, pero no llegaban, a mi juicio, a acumular las características como para llamarlos fascistas. En América Latina hubo dos ciclos manejados por Estados Unidos: en la década del 50 hubo un ciclo de dictaduras militares impuestas por Washington para contener el avance de los revolucionarios, de la izquierda. Fue una etapa exitosa porque la izquierda no pudo tomar el poder. Es un ciclo de alianzas entre partidos reformistas, socialdemócratas, democratacristianos y de la derecha contra los comunistas y todo aquello que se le pareciera. Fue la aplicación de la Doctrina Truman para la contención del comunismo. Sin embargo, no creo que esa haya sido una etapa fascista. Yo fui preso político durante cuatro años, en cuatro cárceles y dos campos de concentración en el gobierno de Marcos Pérez Jiménez; incluso fui torturado, pero no me atrevo a llamar fascista a ese régimen porque creo que todavía no habían llegado a ese nivel. El segundo ciclo se produce después de la Revolución Cubana y se intensifica luego del triunfo de la Unidad Popular en Chile. La derecha mundial se asusta, ve que viene un peligro muy grave. Piensan que si no se liquida el gobierno de Allende, el ejemplo podría ser tomado en otros países. Por eso fue tan feroz la reacción, para que no se repitiera. Cuando vuelve a ocurrir, en el caso de Venezuela, quisieron darle una respuesta en el mismo tono del caso chileno, secuestran al Presidente, lo iban a matar, casi invadieron la embajada de Cuba, golpearon a varios ministros… Venía una andanada fascista. Y en las actuales circunstancias, si logran llegar al poder mediante un golpe de Estado, aquí viene una arremetida fascista, no me cabe la menor duda porque esta es la cabeza de un movimiento continental y la derecha quiere escarmentarlo. Esto que hizo Chávez y que están continuando otros líderes, quieren extirparlo de América Latina.

Los nazis de Ucrania

—En Ucrania, donde la derecha logró imponerse mediante una ola de disturbios, los neonazis tienen una fuerte presencia en el gabinete del gobierno golpista. ¿Es extrapolable ese tipo de fenómenos a América Latina y al caso concreto de Venezuela?

—Lo que pasa es que en Europa quedó muy vivo, sobre todo en ciertos sectores sociales, el germen fascista. Es una fuerza potencial que renace cada vez que surge una oportunidad. Las fuerzas hegemónicas del capitalismo decidieron que ese país tenía que cambiar de gobierno, hay que liquidar al que estaba en el poder. Lo lograron y en ese contexto aparecen las manifestaciones del fascismo. La diferencia con nosotros es que acá no hay un sustrato nativo de tipo nazi ni fascista. Podemos decir que Primero Justicia y Voluntad Popular tienen una orientación fascista, pero no se puede decir que son nazis porque no están metidos en esa cultura. Casi todos son catiritos, pero criollos. En cambio en Europa hay países, como Grecia, donde hay partidos declaradamente fascistas. Lo que pasa es que como la palabra fascista ya es casi un insulto, como nombrarle la madre al otro, y por eso los fascistas no usan nunca la palabra fascismo para identificarse y menos aún la palabra nazi. En otra época, en Chile hubo un partido Nacionalsocialista de Chile, cuyos miembros se ponían brazaletes con la esvástica y salían a las calles a caerle a golpes a los comunistas, pero hoy eso no es posible. Por eso, lo que hay en Venezuela, por ejemplo, es un fascismo vergonzante, gente que no puede reconocer abiertamente que es fascista, pero su proyecto, su manera de pensar, su estilo, su origen de clase, todo eso tiene signo fascista.

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Sobre medias lunas y otras estrategias

—En Táchira, la ola de disturbios tiene un fuerte olor a paramilitarismo e, incluso, a separatismo. ¿Usted cree que esa situación puede contagiarse al resto del país?

—Allí hay un componente muy peligroso que ya se ha intentado en otras naciones de América Latina y es otro de los libretos que tiene el imperio para doblegar a los países indóciles. Lo aplicaron en Bolivia y pusieron en una situación muy difícil al gobierno de Evo Morales, porque estaba planteado que se independizaran cuatro provincias muy ricas, en lo que se llamó la media luna. Ese es un riesgo claro en Venezuela. El año pasado hubo un intento en el estado Bolívar, cuando descubrieron a tres funcionarios diplomáticos de Estados Unidos trabajando en la sede que tiene allí Súmate, esa organización de María Corina Machado. El Gobierno los detectó y los expulsó del país porque el proyecto era hacer en ese estado lo que se hizo en la media luna boliviana. Escogieron Bolívar porque es limítrofe y es fácil entrar y salir con tropas y equipos militares a través del Orinoco; además, hay un movimiento obrero fuerte y enemigo del Gobierno; y también hay núcleos muy anticomunistas que podrían ayudarlos en ese propósito. En esta intentona volvieron a la anterior media luna, formada por Zulia y los estados andinos. Es otra de las estrategias que tiene entre manos el imperio: liberar un territorio, declararlo independiente y amenazar con avanzar con tropas sobre Caracas, con apoyo internacional.

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Agresiones a la cultura

Para Luis Navarrete Orta, uno de los síntomas más preocupantes de la escalada fascista actual en Venezuela es la quema de instituciones universitarias o de sus bibliotecas.

“La agresión a la cultura es un típico gesto fascista. Hemann Göring, un general nazi (fundador de la Gestapo), decía ‘cuando oigo la palabra cultura saco mi revólver’, y el general franquista José Millán-Astray dijo ‘¡mueran los intelectuales!’, a lo que Miguel de Unamuno le respondió: ‘Ustedes vencen porque tienen la fuerza bruta, pero no convencen’. En Chile, cuando cayó Allende, lo primero que hacían cuando allanaban un sindicato era quemar la biblioteca. Ponían los libros afuera para que todo el mundo los viera ardiendo”.

Navarrete, hijo de un dirigente obrero, quien vivió en Catia, La Pastora y San José y estuvo preso en la cárcel Modelo, en la de Ciudad Bolívar y en los campos de concentración de Guasina y Sacupana, deplora que el tema de los derechos humanos se utilice como ariete contra un gobierno que ha sido respetuoso, como ninguno, de las garantías constitucionales. “He estado metido en política desde jovencito y puedo decir que el Gobierno Revolucionario ha sido el único que no ha tenido una política represiva de Estado, todo lo contrario, ha profesado un respeto máximo a los derechos humanos”.

Durante su larga trayectoria como profesor universitario (es jubilado de la UCV), participó en numerosas manifestaciones para reclamar la restitución de las garantías constitucionales, que permanecieron suspendidas durante décadas enteras. “En tiempos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, varias veces me silbaron las balas junto a las orejas… porque aquí mataban a la gente en las calles, había presos políticos y muchos exiliados. En cambio, en tiempos de Revolución, los llamados exiliados son gente que se ha ido porque quiso irse o porque ha cometido algún delito y está huyendo de la justicia; y los que se dicen presos políticos son personas que fueron sentenciadas por tribunales, luego de haber sido juzgados con todas las garantías. Por ejemplo, a los responsables de las muertes de abril de 2002 no se les puede considerar presos políticos”.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ/CIUDAD CCS

FOTO VLADIMIR MÉNDEZ

Tomado de: http://www.ciudadccs.info/?p=545643

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