La amenaza del fascismo. Qué es y cómo combatirlo

image

Estamos publicando un extracto del importante documento escrito por Ted Grant en 1948  en relación al movimiento fascista en Gran Bretaña, liderado por Oswald Mosley (Sir Oswald Ernald Mosley, 6to baronet), y donde analiza con su surgimiento en Italia y Alemania. Se trata de un material que, junto a los extensos trabajos de Trotsky respecto al fascismo, representa lo mejor del análisis marxista sobre este tema. Dicho documento inicia con una reflexión sobre la II Guerra Mundial y la supuesta lucha contra el fascismo por parte de las burguesías de los países capitalistas, particularmente en el caso de Gran Bretaña: “Sólo dos años después de la guerra que supuestamente se luchó para destruir el fascismo, los fascistas británicos han comenzado a reagrupar sus fuerzas. A lo largo de todo el país, cautelosa y discretamente al principio, pero cada vez más descaradamente, los fascistas se presentan de una forma abierta.” Basta recordar, como lo señala el propio Grant en este documento, que “El capitalismo alimenta el fascismo; los trabajadores pueden garantizar el final del fascismo sólo con el derrocamiento del sistema capitalista de la sociedad.”

¿QUÉ ES EL FASCISMO Y CÓMO SURGE?

Lo más importante para los antifascistas y los trabajadores es comprender el fascismo y por qué surge. Sin tener esta comprensión del fascismo no es posible combatirlo y destruirlo de manera efectiva. A menos que se vea desde el ángulo de la estructura de clase de la sociedad capitalista y la correlación de fuerzas, los trabajadores no pueden prepararse para la lucha futura contra cualquier movimiento fascista en ascenso.

El capitalismo como sistema social se desarrolló a partir de la decadencia del feudalismo. Durante su período de auge, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, fue un sistema progresista porque permitió el desarrollo de las fuerzas de producción, es decir, el poder del hombre sobre la naturaleza y consiguientemente aumentó el nivel cultural de la humanidad.

A pesar de las crisis, la riqueza aumentó y en los principales países capitalistas, los niveles y la cultura de las masas subieron. Con el desarrollo de la técnica, el aumento de la productividad llevó a una mayor expansión de la industria a expensas de los viejos métodos de producción y con esto al aumento numérico de la clase obrera.

Durante los últimos cien años, en su lucha contra el capitalismo, la clase obrera creó sus propias organizaciones de clase, sindicatos y partidos obreros. Hay que recordar siempre que los derechos de hoy, el derecho al trabajo, huelga, organización, el derecho a la libertad de expresión y prensa, e incluso el derecho a voto, no fueron entregados con benevolencia por la clase capitalista: Se ganaron sólo después de una implacable e incesante lucha de clases por parte de los trabajadores. Antes de la Primera Guerra Mundial los capitalistas aún podían ofrecer conce siones de los enormes beneficios que les reportó la expansión del capitalismo y el imperialismo.

Pero el capitalismo, inevitablemente, trae consigo la concentración de capital y el crecimiento del monopolio y de los carteles. Debido al desarrollo del mercado mundial, que es la función histórica del sistema capitalista, en determinada etapa las naciones capitalistas inevitable y necesariamente entran en conflicto entre sí en su frenético intento de encontrar y extender sus mercados. El desarrollo de las fuerzas productivas se expande más rápidamente que los mercados, dejando atrás las fronteras del Estado nacional y la propiedad privada de los medios de producción. Esta es la contradicción que llevó a la Primera Guerra Mundial, como también llevó a la segunda.

El capitalismo en sus últimas etapas no sólo reduce a la clase obrera, porque no puede proporcionar ninguna seguridad ni en el empleo ni en el sustento, a un estado de pauperización, arruina también a la clase media, pequeños comerciantes y empresarios, profesionales, trabajadores de cuello blanco, pequeños comerciantes y todo ese estrato de población cuya posición social está entre la clase obrera industrial y la clase capitalista.

Para combatir a la clase obrera los capitalistas ya no pueden basarse sólo en las viejas fuerzas de represión encarnadas en la maquinaria estatal. En las condiciones modernas ningún Estado puede durar mucho tiempo si no posee, al me nos en sus etapas iniciales, una base de masas. Una dictadura policiaco militar no sirve para ese propósito. Los capitalistas encontraron una salida en el fascismo, que encuentra su apoyo de masas en la clase media gracias a una demagogia anticapitalista. Es importante comprender que el fascismo representa un movimiento de masas: el de la clase media desilusionada.

La clase obrera, en tiempos de crisis, busca expresar sus aspiraciones y lucha a través de las organizaciones existentes. Está unida por la producción, organizada como clase en grandes fábricas y plantas, los trabajadores piensan en términos de una solución socialista a sus problemas. Su posición social crea su consciencia de clase.

La clase media, debido a su posición en la sociedad, está a medio camino entre los capitalistas y los trabajadores, se balancea entre estas dos clases. Si la clase obrera no puede mostrar una solución revolucionaria para la clase media, esta última se vuelve hacia la clase capitalista y se convierte en el principal pilar del movimiento fascista.

Con la creciente rivalidad en el mercado mundial, incapaz de asegurar su posición mientras las organizaciones de la clase obrera existen, los capitalistas buscan una salida a la crisis mediante la destrucción de estas organizaciones, así privan a los trabajadores de las armas a través de las cuales ellos defienden sus de- echos y condiciones. Como la crisis afecta a un país tras otro, los capitalistas buscan a los movimientos fascistas para aplastar a las organizaciones y partidos de la clase obrera. Aquí reside la función del fascismo.

La diferencia entre la democracia capitalista y el fascismo la explicó León Trotsky: “La victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, de dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las universidades, las escuelas, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas. La fascistización del Estado no implica solamente la ‘mussolinización’ de las formas y los métodos de gobierno —en este terreno, los cambios juegan a fin de cuentas un papel secundario— sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras: hay que reducir al proletariado a un estado de apatía completa y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas, para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista” (Trotsky, ¿Y ahora?, en La lucha contra el fascismo. Madrid, Fundación Federico Engels, 2004. p. 131).

EL ASCENSO AL PODER DE MUSSOLINI

El fascismo apareció primero en Italia. Al final de la gran guerra mundial de 1914-1918, la clase dominante italiana estaba aterrorizada ante el auge revolucionario de las masas. Los periódicos capitalistas escribían que los trabajadores y los campesinos de Italia se estaban comportando como si Lenin y Trotsky fueran los amos de Italia. Hubo toda una serie de luchas huelguísticas —1.663 en 1919; 1.881 en 1920—. Los trabajadores arrancaron concesiones y reformas, mejores salarios, jornada laboral de 8 horas, reconocimiento general de los sindicatos y una voz en la producción a través de los comités de fábrica. En septiembre de 1920, cuando los industriales recurrieron al cierre patronal como respuesta a la demanda de aumento salarial, 600.000 trabajadores metalúrgicos ocuparon las acerías y se hicieron cargo ellos mismos de la producción, a través de la elección de sus propios comités de taller.

El campesinado también estaba afectado por la oleada revolucionaria general de la posguerra. Comenzó a ocupar la tierra. El gobierno liberal tuvo que darle el derecho a mantener la tierra que había ocupado espontáneamente, con la condición de que se organizaran en cooperativas. Los trabajadores agrícolas formaron sindicatos fuertes conocidos como “Ligas Rojas”.

Los capitalistas y los terratenientes estaban paralizados. El poder estaba en el puño de la clase obrera. La clase dominante maniobró frente a la embestida de las masas y comenzó a buscar una salida, planificando la contraofensiva. A principios de abril de 1919 en Génova los grandes industriales y los terra tenientes formaron una alianza para la lucha contra el “bolchevismo”. “Esta unión”, escribía Rossi (el antifascista asesinado más tarde por agentes de Mussolini) en su libro La Naissance du Fascisme, “es el primer paso hacia la reorganización de las fuerzas capitalistas para hacer frente a la amenazadora situación”.

Después de la formación de la Federación General de Industria y la Federación General de Agricultura, los capitalistas comenzaron a financiar el fascismo o las bandas de gamberros de Benito Mussolini. Esta banda estaba especialmente entrenada como una milicia antiobrera cuyo objetivo era aterrorizar a los trabajadores y en esa etapa, desbaratar sus organizaciones. Estas organizaciones antiobreras comenzaron, abiertamente, a atacar las reuniones de los trabajadores. En Milán, el feudo de los socialistas, el 15 de abril de 1919, los fascistas atacaron una manifestación y marcha de socialistas, incluidos mujeres y niños, armados con puñales y granadas de mano. En grupos de dos o tres docenas, atacaban las manifestaciones pacíficas de los trabajadores en toda Italia. El mismo día que el episodio de Milán, las oficinas del periódico socialista italiano, Avanti, fueron saqueadas por los fascistas. El 1 de diciembre de 1919 los diputados socialistas eran atacados y golpeados cuando abandonaban el parlamento.

Pero el fracaso de la clase obrera al tomar el poder permitió a los capitalistas socavar las conquistas que habían conseguido los trabajadores, agravando la crisis en Italia y dejando a la clase media arruinada como víctimas fáciles de la demagogia fascista. Debido a la pequeñez e insignificancia de la población judía en Italia, el antisemitismo no formaba parte del arsenal del fascismo italiano. Su demagogia se centró en oponerse a los trust y apoyar la pequeña empresa. A las bandas de aventureros y gamberros de la milicia de Mussolini, debemos añadir estudiantes desesperados, parados, profesionales y reclutas en general de la clase media.

Las energías revolucionarias de las masas decayeron. Los fascistas, financiados generosamente por los grandes industriales y los terratenientes, comenzaron una verdadera ofensiva contra los trabajadores. En Bolonia, el centro de las “Ligas Rojas” de Emilia, las elecciones municipales de noviembre de 1920, trajeron la victoria del Partido Socialista. El 21 de noviembre los Camisas Negras atacaron el ayuntamiento, en esa lucha fue asesinado un concejal reaccionario. (Parece que había sido asesinado por un matón fascista). Esta fue la señal que esperaban los fascistas. Según Gorgolini, uno de los seguidores de Mussolini, esto “abrió la gran era fascista… la ley de la venganza brutal, atávica y salvaje reinaba en la península. Esa era la voluntad de los fascistas”.

En los pueblos, armados por los terratenientes y equipados con coches, los Camisas Negras comenzaron expediciones punitivas. Después de aplastar las organizaciones obreras en los pueblos, comenzaron a atacar a los trabajadores en las ciudades. En 1921, en Trieste, Medina, Florencia y en otras partes, los Camisas Negras atacaron las Bolsas de Trabajo y las oficinas de los periódicos cooperativos y obreros.

APOYO DEL ESTADO CAPITALISTA. POLICÍA, TRIBUNALES Y EJÉRCITO

En su ofensiva contra la clase obrera las bandas de Camisas Negras contaban con el pleno apoyo de las fuerzas de la maquinaria estatal capitalista. La policía reclutó para los fascistas pidiendo a elementos criminales que se unieran a ellas, prometiendo todo tipo de beneficios e inmunidad. Mientras que la policía ponía sus coches a disposición de los fascistas y les daban permisos para llevar armas, ellos se negaban persistentemente a que los trabajadores y campesinos hicieran lo mismo. Un estudiante fascista envió una carta ofensiva a un periódico comunista en la que escribía:

“Tenemos a la policía para que os desarme antes de que nosotros vayamos contra vosotros, no os tememos porque os despreciamos, pero nuestra sangre es preciosa y no debería ser malgastada contra plebeyos viles y bajos” (Rossi, Ibíd.)

Mientras tanto, los tribunales “imparciales”, repartían “siglos de sentencias de prisión a los antifascistas y siglos de absolución a los fascistas culpables” (Gobetti, La Revolution Liberale). En 1921, el ministro de justicia, Fera, “envió un comunicado a los magistrados pidiéndoles que olvidasen los casos que implicaban actos criminales fascistas” (Rosenberg, Der Weltkampf des Faschismus).

El ejército, a través de su casta de oficiales, apoyaba a los fascistas incondicionalmente. “El general Badoglio, jefe del Estado Mayor del ejército italiano, envió una circular confidencial a todos los comandantes de los distritos militares afirmando que los oficiales desmovilizados (unos 60.000 de ellos) serían enviados a los centros más importantes y se requería que se unieran a los fascistas, a los que proveerían y dirigirían. Continuarían recibiendo cuatro quintas partes de su salario. Las municiones de los arsenales estatales llegaban a manos de las bandas fascistas, que eran entrenadas por los oficiales de permiso o incluso en servicio activo. Muchos oficiales conocían las simpatías de sus superiores con el fascismo, adheridos abiertamente al movimiento. Los casos de colusión entre el ejército y los Camisas Negras cada vez eran más frecuentes. Por ejemplo, el Fascio de Trent rompió una huelga con la ayuda de una compañía de infantería, y el Fascio de Bolzano fue fundado por oficiales de la 232 división de infantería” (Daniel Guerin, Fascism and Big Business).

En un corto espacio de tiempo, siendo cada vez más osados, los Camisas Negras comenzaron una campaña para aniquilar las organizaciones de trabajadores. Malaparte, un “teórico” fascista, relataba en su Technique du Coup-d’Etat, 1931, que: “Miles de hombres armados, algunas veces quince o veinte mil, entraban en tropel en una ciudad o pueblo trasladándose de una provincia a otra rápidamente en camiones”. Daniel Guerin comenta: “Cada día, atacaban las Bolsas de Trabajo, los locales de las cooperativas y publicaciones de la clase obrera. A principios de agosto de 1922, tomaron los ayuntamientos de Milán y Leghorn que tenían administraciones socialistas, quemaron las oficinas del periódico Avanti en Milán, y Lavoro en Génova, ocuparon el puerto de Génova, feudo de las cooperativas obreras de estibadores. Estas tácticas gradualmente agotaban y debilitaban al proletariado organizado, privándole de sus medios de acción y apoyo. Los fascistas sólo esperaban la conquista del poder para aplastarlo de una vez por todas”.

¿Cómo afrontaron las organizaciones obreras esta amenaza mortal de su propia existencia? En lugar de explicar la naturaleza del fascismo a los trabajadores y que significaría si Mussolini llegaba el poder, los dirigentes persistieron en engañarse a sí mismos y a sus seguidores diciendo que el Estado capitalista les protegería de la amenaza de estas bandas ilegales. Guerin relata cómo: “Los dirigentes sindicales y socialistas obstinadamente se negaban a responder al fascismo golpe por golpe, a armarse y organizarse de una forma militar. ‘El fascismo en ningún caso puede ser conquistado con una lucha armada, sino sólo con la lucha legal’, en esto es lo que insistía Battaglia Syndicale el 29 de enero de 1921. Como ellos tenían contactos en el aparato del Estado, a los socialistas en varias ocasiones les ofrecieron armas para protegerse de los fascistas. Pero se negaron a aceptarlas, alegando que el deber del Estado era proteger a los ciudadanos contra los ataques armados de otros ciudadanos” (Referencia en Kurella, Mussolini ohne Maske, 1931).

Los socialistas incluso llegaron al punto de firmar un pacto de paz con Mussolini el 3 de agosto de 1921. Este se hizo a iniciativa del primer ministro liberal y su declaración de que él deseaba “reconciliar” a los socialistas con los fascistas. Turati, el líder de los socialistas en Italia, apelaba a Mussolini: “Os diría sólo esto: ¡Realmente desarmémoslos!”. Los Camisas Negras deben haberse reído bastante. Utilizaron esta posición para prepararse mejor. Denunciaron el pacto y redoblaron su ofensiva contra las organizaciones obreras.

Los socialistas suplicaban al Estado para que emprendiera alguna acción contra los fascistas. Y el Estado lo hizo. Empezaron las redadas, no contra los fascistas, sino contra los trabajadores y sus organizaciones. Debido al fracaso de los dirigentes socialistas y sindicales, los militantes de izquierdas de distintas tendencias, sindicalistas revolucionarios, socialistas de izquierdas, jóvenes comunistas, socialistas y republicanos, con un puñado de ex oficiales del ejército organizaron las milicias armadas antifascistas en 1921 a iniciativa de Mingrino. Se autodenominaron el “Arditi del Popolo”. Emprendieron esto con la oposición de los dirigentes obreros y sindicales. Desgraciadamente, el joven y débil Partido Comunista adoptó una posición ultraizquierdista hacia el problema.

Se escindieron y organizaron sus propios “Escuadrones de Acción” “El resultado fue”, escribe Guerin, “que cuando los Camisas Negras emprendían una de sus ‘expediciones punitivas’ contra una localidad o atacaban los locales de las organizaciones obreras o ayuntamientos ‘rojos’, los trabajadores militantes o eran incapaces de resistir u ofrecían una resistencia improvisada, anárquica y en general ineficaz. En la mayoría de las ocasiones el agresor era el que dominaba el terreno…”.

Guerin continúa escribiendo: “Después de una ‘expedición punitiva’, los antifascistas se abstuvieron de llevar a cabo represalias, retaban las residencias ‘fascistas’ pero no lanzaban contraataques. Se contentaban con proclamar ‘huelgas generales de protesta’. Pero estas huelgas pretendían forzar a las autoridades a que protegieran las organizaciones obreras contra el terror fascista, provocando sólo discusiones ridículas con las autoridades que en realidad eran cómplices del fascismo. (Silone. Der Faschismus. 1934). Como estas huelgas no iban acompañadas de la acción directa, dejaban las fuerzas del enemigo intactas. Por otro lado, los fascistas aprovechaban las huelgas para redoblar su violencia. Protegían a los ‘esquiroles’, ellos mismos hacían de rompehuelgas y ‘en ese vacío amenazante que se crea alrededor de la propia huelga, tratar de golpear rápida y violentamente en el corazón de las organizaciones enemigas’ (Malaparte, Techinique du Coup d’Etat, 1931). Sin embargo, en las raras ocasiones en que los antifascistas ofrecían resistencia organizada al fascismo, ellos temporalmente llevaban la delantera. Por ejemplo en Parma, en agosto de 1922, la clase obrera consiguió repeler exitosamente un ataque fascista a pesar de la concentración de varios miles de milicianos ‘porque la defensa estuvo organizada de acuerdo con los métodos militares bajo la dirección del Ardite del Popolo” (A. Rossi, La Naissance du Fascism, 1938).

Como cada vez era más obvio que la intención de los fascistas era tomar el poder, Turati, el portavoz socialista, apeló al rey en julio de 1922 para “recordarle que él es el defensor supremo de la Constitución”. Mientras tanto, los capitalistas habían llegado a sus propias conclusiones. Rossi escribe lo siguiente: “Algunas conversaciones muy enérgicas que tuvieron lugar entre Mussolini… y los jefes de la Federación General de industria, Sig. Benni y Olivetti. Los jefes de la Asociación de la Banca, que habían pagado veinte millones para financiar la Marcha sobre Roma, los líderes de la Federación de Industria y la Federación de Agricultura, telegrafiaron a Roma que, en su opinión, la única solución posible era un gobierno de Mussolini” El senador Ettore Conti, un magnate con gran poder, envió un telegrama similar: “Mussolini era el candidato de la plutocracia y las asociaciones comerciales”.

A pesar de que los fascistas sólo tenían 35 diputados en el parlamento italiano de un total de 600, el rey, obediente ante las peticiones de las clases dominantes, entregó el poder a Mussolini. Incluso después del golpe de Mussolini en 1922, los dirigentes reformistas fueron incapaces de sacar las lecciones de su encarnizada experiencia.

Los socialistas italianos, ciegos como siempre, continuaron aferrándose a la legalidad y la Constitución. En diciembre de 1923, la Federación de Trabajo envió una carta a Mussolini sobre las atrocidades cometidas por las bandas fascistas y en ella le pedía que rompiera con sus propias tropas, (Referencia: Buozzi y Nitti, Fascismo et Syndicalisme, 1930). El Partido Socialista tomó muy en serio la campaña electoral de abril de 1924; Turati incluso tuvo un debate en Turín con un fascista en una sala vigilada por Camisas Negras. Y cuando después del asesinato de Matteotti, estalló una oleada de revueltas en la península, los socialistas no supieron como explotarla. “En el momento de la verdad”, escribe Nenni, “en lugar hacer un llamamiento a los trabajadores para que salieran a las calles para la insurrección, la táctica que prevaleció fue la lucha legal en el plano judicial y parlamentario”. Como gesto de protesta, la oposición se contentó con no aparecer en el parlamento y, como los antiguos plebeyos, se retiraron a la Aventine. ‘¿Qué están haciendo nuestros oponentes?’ se mofaba Mussolini en la Cámara. ¿Están convocando huelgas generales o incluso huelgas parciales? ¿Están intentando provocar rebeliones en el ejército? Nada de este tipo. Ellos se limitan a campañas de prensa (Discurso de julio de 1924). Los socialistas lanzaron la triple consigna: dimisión del gobierno, disolución de la milicia, nuevas elecciones. Continuaron desplegando su confianza en el rey, a quién ellos rogaban que rompiera con Mussolini; publicaron, para su iluminación, una petición tras otra. Pero el rey les decepcionó por segunda vez (Guerin, Ibíd.).

L AS CONDICIONES DE VIDA BAJO MUSSOLINI

Una vez en el poder, Mussolini estableció un modelo de Estado totalitario. Después de aplastar a las organizaciones de los trabajadores, el camino estaba preparado para un ataque salvaje contra las condiciones de las masas y en interés de las grandes empresas. El principal embate del fascismo fue contra la clase obrera, quién era su objetivo por encima de todo. Con sus armas de lucha rotas, con el establecimiento de sindicatos de empresa esquiroles, se crearon las condiciones para bajar los salarios y reducir los niveles de vida de los trabajadores. Los sindicatos fueron aplastados. La representación de delegados sindicales en las fábricas eliminada. Se terminó el derecho a huelga. Todos los contratos sindicales fueron invalidados. El empresario tenía de nuevo el reino supremo en las fábricas. Él tenía el mismo tono, el “líder de sus empleados”. Cualquier intento de huelga, cualquier resistencia ante los deseos del empresario, era castigada con multas feroces por parte del Estado. Desafiar al empresario era desafiar toda la fuerza del Estado. En palabras de los fascistas: las huelgas son crímenes “contra la comunidad social…”.

El antifascista liberal Gaetano Salvmini, una autoridad en Italia, que hizo una investigación concienzuda de todos los aspectos de la vida bajo el fascismo, se basó en fuentes oficiales gubernamentales fascistas y eso le permitió demostrar lo que significó el fascismo para el pueblo italiano. En su libro Ander the Axe of Fascism, reveló que desde los mismos inicios del régimen de Mussolini, se deterioraron las condiciones de la población, especialmente de los desafortunados trabajadores y pequeños campesinos. Tanto en tiempos de “prosperidad” como durante las profundidades de la recesión de 1929-33, sufrieron continuos recortes salariales. Las horas de trabajo aumentaron continuamente sin un aumento del pago de horas extras, mientras que el coste de la vida subía. Da detalles extensos de recortes salariales desde 1922 hasta 1935, a pesar de todos los esfuerzos del régimen por ocultar esto al mundo exterior, demuestra cómo el consumo de las necesidades básicas de la vida decreció a un ritmo constante.

En el año 1933, con una población de 38.800.000 millones, el consumo de tabaco era de 279.000 quintales; en 1932 había caído a 245.000. El consumo de café era de 472.000 quintales en 1922 pero cayó en 1932 a 407.000. Estos son “lujos” para los trabajadores. Pero en las necesidades más mínimas de la vida la caída correspondiente era aún mayor. El consumo de maíz pasó de 27.123.000 quintales a 26.739.000 en 1932. El consumo de trigo descendió —y esto con un aumento de la población a 41 millones en 1932— de 72.327.000 quintales a 69.204.000 quintales. La sal, que junto con lo anterior es absolutamente esencial para el mínimo de subsistencia, pasó de 2.646.000 a 2.606.000 quintales. Estas cifras están tomadas de las estadísticas oficiales (Annuario Statistico Italiano de 1922-1925, p. 198, y de 1933 en la p. 119). Tribuna el 1 de mayo de 1935 revelaba una caída terrible del consumo de carne. “El consumo anual de carne, que en 1928 era de 22 kilogramos por cada miembro de la población (anualmente) había caído en 1932 a 18 kilogramos. El consumo de azúcar que subió a 7,5 kilogramos en 1922, cayó en 1932 a 6,9. En Inglaterra el consumo anual era de 40 kilogramos, en Francia 25, Alemania 23 e incluso en la atrasada España era de 13 kilogramos”.

Las cifras oficiales de desempleo en Italia en febrero de 1933 eran de 1.229.000 parados. El 2 de julio de 1934, un comunicado oficial del gobierno italiano nos informaba que “en el invierno de ese año de ‘solidaridad nacional’ en Italia se dio ayuda ‘casi diaria a 1.750.000 familias”. En febrero de 1922 había sólo 602.000 parados y los fascistas centraron una gran parte de su demagogia en los horrores del desempleo. De este modo, el mito de que el fascismo podía evitar la crisis capitalista demostró ser un fraude.

Una vez en el poder, el fascismo mantiene su grillete durante un largo período de tiempo debido al aplastamiento de las organizaciones de la clase obrera. Con todos los mejores luchadores, los proletariados más avanzados en la cárcel o asesinados, la clase obrera atravesó un período de desmoralización y apatía. En un régimen de represión y terror, los trabajadores tenían una enorme desventaja para llevar a cabo una lucha unificada contra los empresarios. El infame final de Mussolini fue una demostración al mundo del verdadero odio del pueblo italiano por el Duce, desenmascaró la mentira de que las masas italianas apoyaban a los Camisas Negras.

LOS TRABAJADORES ITALIANOS Y EL FASCISMO HOY

Es sorprendente observar la diferencia entre los acontecimientos en Italia después de cada una de las dos guerras mundiales. La caída de Mussolini fue la señal para una insurrección profundamente arraigada de los trabajadores y los campesinos. Una vez más después, del golpe de Badoglio siguió una tremenda oleada de huelgas y manifestaciones. Y después de la derrota de los nazis, los trabajadores y los campesinos, armados en sus destacamentos partisanos, repitieron el proceso de ocupar las fábricas y control del país. Una cosa se interponía en el camino de los trabajadores y la toma del poder: los dirigentes de sus propias organizaciones.

Este fracaso ha significado para los trabajadores italianos un deterioro de sus condiciones hasta un nivel incluso inferior al que existía bajo Mussolini. Los trabajadores han sido capaces de defenderse hasta cierto punto, debido a los poderosos sindicatos que han construido, mucho más poderosos que en el pasado. Pero la clase media, pulverizada a niveles incluso más bajos que los trabajadores, ha proporcionado una base favorable para la recuperación de la demagogia fascista. Contrastaban las promesas de los demócratas capitalistas con su suerte. Los neofascistas comenzaron a surgir. Armados con la experiencia del ascenso al poder de Mussolini, los industriales y terratenientes procedieron en líneas familiares. El mitin del Primero de Mayo de 1947 en Sicilia fue tiroteado, a pesar de que estaban participando mujeres y niños. En Nápoles, unos meses antes, bandas de monárquicos y fascistas se manifestaron contra el Partido Comunista y otras organizaciones obreras.

Durante los últimos meses de 1947 fueron tiroteadas reuniones de trabajadores y lanzaron bombas contra los locales de los trabajadores. El terror de los fascistas era mayor en el campo del sur atrasado, donde los terratenientes organizaron el asesinato de organizadores sindicales e intentaron aterrorizar a los trabajadores agrícolas y campesinos para que no se unieran a los sindicatos. En pocos meses fueron asesinados 19 organizadores sindicales en los distritos agrícolas del sur. En el norte, incluso en feudos de la clase obrera como Milán, pusieron bombas en los locales del Partido Comunista. Los trabajadores respondieron rápidamente con una huelga general en Milán, e inmediatamente tomaron represalias contra los locales de las organizaciones neofascistas, l’UOmo Qualunque y el Movimento Sociale Italiene, que fueron incendiados y saqueados.

Después de pasar por la experiencia del fascismo, los trabajadores italianos no se contentaban con permanecer a la defensiva. En casi todas las ciudades, grandes y pequeñas, han pasado a la ofensiva contra los fascistas. Hubo manifestaciones de cientos de miles en Milán, decenas de miles en otras ciudades: Turín, Génova, Florencia, Verona, Bari, Cremona, Roma, Bolonia, incluso en Nápoles y Palermo (antiguos feudos de la reacción), los trabajadores han realizado ataques militantes contra los locales de las organizaciones fascistas. El sur atrasado ha seguido la dirección del norte.

Naturalmente, la policía, siempre convenientemente ausente o inactiva cuando los fascistas han atacado a los trabajadores, han intervenido para proteger a los fascistas. Las tropas en muchas ciudades han salido para ayudar a la policía. Se han utilizado contra los trabajadores armas de fuego y gas lacrimógeno. En esta situación el gobierno Gasperi, como su predecesor liberal de 1920-22, subrepticiamente ha ayudado y animado a los fascistas. La historia se repite, pero no exactamente de la misma forma. La ofensiva de los trabajadores ha llevado a la derrota de los fascistas, que por ahora se han visto obligados a mantenerse escondidos. Los trabajadores en Gran Bretaña pueden aprender una lección valiosa del reciente movimiento ofensivo de los trabajadores italianos.

Pero esta lección ha sido puramente negativa: después de haber aprendido las lecciones negativas y evitar que los fascistas levantasen la cabeza, los trabajadores no consiguieron aplicar una solución positiva, la amenaza del fascismo incluso en Italia no se ha exorcizado.

La decadencia crónica del capitalismo en Italia continúa. El desempleo ya es de masas, con un millón y medio de trabajadores. Los primeros vientos de la nueva crisis mundial harán que el desempleo alcance niveles récord. Golpeados por la crisis, los capitalistas italianos volverán de nuevo a la represión brutal como el único medio de estabilizar su régimen. La lección de Italia debe ser aprendida sobre todo por la vanguardia del movimiento de la clase obrera. Si no consiguen mostrar una alternativa, mediante el derrocamiento total del sistema capitalista y el establecimiento del poder obrero y el comunismo, el gran espíritu ofensivo de las masas menguará, aparecerán la desmoralización y la indiferencia.

El capitalismo alimenta el fascismo; los trabajadores pueden garantizar el final del fascismo sólo con el derrocamiento del sistema capitalista de la sociedad.

ALEMANIA. CÓMO LLEGARON LOS NAZIS AL PODER

La derrota de la clase obrera alemana, con la llegada al poder de Hitler, hizo retroceder durante muchos años al movimiento obrero mundial. Al trazar el contexto de los acontecimientos en Alemania, podemos ver claramente las fuerzas de clase en movimiento, el papel de los socialdemócratas alemanes y los estalinistas que llevaron a la terrible derrota de uno de los movimientos obreros organizados más poderosos del mundo.

A raíz de la revolución rusa, la clase obrera alemana derrocó al Káiser e intentó el derrocamiento revolucionario del capitalismo en 1918. Pero fuero los socialdemócratas alemanes los que llegaron al poder, aunque realmente se habían opuesto a la insurrección y la revolución. No tenían ninguna intención de consumar la revolución. Su programa se basaba en la “inevitabilidad del gradualismo”. Después de elevarse por encima del nivel de los trabajadores, habían abandonado el programa marxista en el que se basó el partido durante décadas. Noske, Ebert, Scheidemann, los dirigentes de la socialdemocracia, conspiraron con el Estado Mayor alemán para destruir la revolución y restaurar la “ley y el orden”. Los trabajadores berlineses eran asesinados a tiros en enero de 1919 y los líderes revolucionarios, Luxemburgo y Liebknecht, fueron asesinados por los oficiales reaccionarios a instigación directa de los dirigentes socialdemócratas. Eliminaron los sóviets creados durante la revolución y Alemania se convirtió en un Estado capitalista democrático, el más democrático del mundo, según alardeaban los socialdemócratas.

En esta etapa los capitalistas estaban obligados a basarse en los dirigentes obreros y sindicales para salvar su sistema del colapso completo. Apretando los dientes tuvieron que hacer tremendas concesiones a la clase obrera. Los trabajadores consiguieron la jornada de ocho horas diarias, reconocimiento sindical, seguro de desempleo, derecho a elegir comités de empresa, sufragio universal para hombres y mujeres. Los trabajadores agrícolas que vivían en unas condiciones semifeudales en Prusia oriental con los junkers, consiguieron el derecho a organizarse y derechos similares a los que tenían los trabajadores industriales.

Recuperados del primer golpe, los grandes industriales y terratenientes comenzaron a preparar la ofensiva contra la clase obrera. Su actitud fue ejemplificada en Krupp, el magnate del armamento, lo expresó a sus trabajadores de la siguiente manera arrogante: “Sólo queremos trabajadores leales que en el fondo de sus corazones estén agradecidos por el pan que les permitimos comer”. En febrero de 1919, Stinnes, otro de los magnates del hierro y el acero del Ruhr decía abiertamente: “Las grandes empresas y todos los que dirigen la industria algún día recuperarán su árida influencia y poder. Ellos volverán a ser personas desilusionadas, medio muertas de hambre que necesitarán pan y no frases”. El antiguo ministro Dernberg, representante de la gran industria, declaraba públicamente: “Cada jornada laboral de ocho horas es un clavo en el ataúd de Alemania”.

Ya en estos primeros años los capitalistas comenzaron a financiar las organizaciones antiobreras formadas por ex oficiales del ejército, criminales, aventureros y otros deshechos sociales. Los nazis en ese momento eran un pequeño grupo antiobrero más. Comenzaron una campaña de terror que incluía asesinatos de políticos de izquierda e incluso capitalistas democráticos. Iniciaron una campaña para reventar las reuniones de trabajadores. “El movimiento nacional socialista en el futuro impedirá, si es necesario por la fuerza, todas las reuniones o conferencias que probablemente ejerzan una influencia depresora…”, esto es lo que Hitler decía el 4 de enero de 1921. Como en Italia, igual en Alemania, los tribunales, las autoridades militares, el servicio civil, los jefes de la policía, apoyaron a estos grupos reaccionarios. El Estado actuó en complicidad y en connivencia con ellos. Cuando el jefe de la policía de Munich, Pohner, fue avisado de la existencia de “auténticas organizaciones de asesinatos políticos” respondió. “Sí, sí, ¡pero muy pocos!” Pero en esta etapa, estos grupos fascistas no tenían una base de masas. Estaban formados por una fuerza social insignificante, formada sólo por los deshechos de la sociedad. La clase media miraba a las organizaciones obreras en busca de una salida. Los capitalistas utilizaron las organizaciones fascistas sólo como herramientas auxiliares contra los obreros, y un arma de reserva para el futuro. Al tratar el desarrollo del movimiento nazi Hitler admitió: “Sólo una cosa podría haber roto nuestro movimiento, si el adversario hubiera comprendido sus principios y desde el primer día hubiera aplastado, con la brutalidad más extrema, el núcleo de nuestro nuevo movimiento”. Goebbels también comentó lo siguiente: “Si el enemigo supiera lo débiles que somos, probablemente nos reduciría a gelatina… Nos habría aplastado en sangre desde el principio de nuestro trabajo”.

En la crisis revolucionaria de 1923, provocada por la inflación y la ocupación del Ruhr por Francia, la clase media miraba hacia el Partido Comunista que había conseguido ganar el apoyo de la mayoría de los trabajadores. Pero la situación revolucionaria fue desbaratada por los entonces dirigentes del Partido Comunista Alemán, Brandler y Thalheimer, y por el consejo equivocado que dio Stalin desde Moscú a la dirección del Partido Comunista.

Brandler admitió más tarde en una reunión de la Comisión Ejecutiva de la Internacional Comunista: “Existían signos de ascenso del movimiento revolucionario. Teníamos temporalmente a la mayoría de los trabajadores detrás de nosotros y en esa situación, bajo circunstancias favorables, creímos que podíamos proceder inmediatamente al ataque…”.

Después de perder la posibilidad de tomar el poder, la dirección de la Internacional intentó poner toda la responsabilidad sobre los hombros del partido alemán. Pero los dirigentes alemanes habían pedido consejo a la dirección de la Internacional Comunista en Moscú. El consejo de Stalin fue catastrófico. En aquel momento escribía a Zinoviev y Bujarin lo siguiente: “¿Deberían los comunistas luchar por tomar el poder sin los socialdemócratas, están lo suficiente maduros para eso? Esa, en mi opinión es la cuestión… Por supuesto, los fascistas no están dormidos, pero nuestro interés es que ellos ataquen primero: eso reunirá a toda la clase obrera alrededor de los comunistas (Alemania no es Bulgaria). A su lado, de acuerdo con toda la información, los fascistas en Alemania son débiles. En mi opinión a los alemanes hay que frenarlos y no espolearlos”. ¡Esto cuando tenían la mayoría de los trabajadores tras ellos! De este modo, trágicamente, la revolución alemana fue arruinada y se puso la base para el subsiguiente incremento de la influencia fascista.

LAS GRANDES EMPRESAS Y LOS NAZIS

Asustados por la perspectiva del “bolchevismo” en Alemania, los capitalistas estadounidenses, británicos y franceses enviaron préstamos en tropel para apuntalar al capitalismo alemán. Estos préstamos provocaron un boom capitalista a escala mundial, que particularmente afectaba a Alemania. El boom en Alemania duró desde 1925 hasta 1929. Los capitalistas de Alemania acuñaron enormes beneficios de la racionalización de la industria alemana, no necesitaban a los fascistas y el apoyo a los nazis disminuyó. Sólo recibían fondos para su existencia como arma de reserva y evitar su desaparición de la escena política.

Después llegó la recesión mundial de 1929-33. Lo niveles de vida de los trabajadores cayeron. El desempleo subió a siete millones o más. La clase media estaba arruinada por la crisis económica y veía como descendían sus niveles de vida aún más que los de la clase obrera. Los trabajadores industriales tenían la protección de sus contratos sindicales y subsidios de desempleo dentro de unos límites, y de este modo podían resistirse a las peores imposiciones de los carteles y monopolios. Pero la clase media estaba desesperada.

Los industriales estaban alarmados ante la perspectiva de la revolución proletaria. Entonces comenzaron a inundar con fabulosas sumas de dinero los cofres del Partido Nazi. Brupp, Thyssen, Kirdorff, Borsig, los jefes del carbón, acero, química y otros imperios industriales de Alemania, suministraron a Hitler generosamente los medios de propaganda. La decisión final de entregar el poder a Hitler se tomó en casa del banquero de Colonia, Schroder (¡quién según las leyes racistas nazis era judío!). Nunca un partido político en Alemania recibió unas ayudas tan grandes, el dinero llovía sobre los nazis de parte de los capitalistas. Consideraban que había llegado el momento de destruir las organizaciones y derechos de la clase obrera.

Explicando qué significaban las ayudas económicas Hitler señaló que: “Sin automóviles, aviones y altavoces, no podríamos haber conquistado Alemania. Estos tres medios técnicos permitieron al Nacional Socialismo llevar a cabo una campaña asombrosa…”. En un documento confidencial publicado por el gobierno británico en 1943, para el uso de los oficiales y funcionarios que iban a ser enviados a Alemania, en él se dan los siguientes datos irrefutables: “Fritz Thyssen y Kirdorff en el Ruhr, y Ernst von Borsig y Berlín, presidente de la Federación de Empresarios Alemanes (Vereinigung Deutscher Arbeitgeberverbande) eran los sumos seguidores de Hitler… Entre otros de los seguidores financieros en los primeros días de Hitler, estaba el famoso fabricante de pianos Karl Bechstein (Berlín), el editor Bruckmann (Munich), el conocido tratante de arte y editor, Hanfstängl (Munich) y el cartel Reetsma Cigarette de Hamburgo que, después de que Hitler llegara al poder, le garantizo un monopolio exclusivo.

“Pero no fue sólo durante la gran crisis precedente al gobierno nazi que el apoyo financiero de las grandes corporaciones industriales adquirió una mayor escala. La mayoría de éstos no daban directamente sus contribuciones al Partido Nazi, sino a Alfred Hugenberg, el anterior director de Krupps y líder del ‘Deutschnationale Volkspartei’ (Partido Popular Nacional Alemán). Hugenberg puso una quinta parte de la cantidad conseguida a disposición del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP)…

“Fritz Thyssen, desde su ruptura con Hitler, ha declarado que su contribución personal ascendió a un millón de Rm., y estimaba la cantidad recibida por el NSDAP procedente de la industria pesada vía Hugenberg en aproximadamente dos millones anuales de Rm.

“En la reunión del Club Dusseldorf de Industriales el 27 de enero de 1932, después de que Hitler les ilustrara con su programa, el pacto entre la industria pesada y el Partido Nazi quedó sellado. Aquí Hitler convenció a su audiencia de que ellos no tenían nada que temer de su ‘socialismo’ y después se presentó él y su organización semimilitar como el baluarte contra cualquier tipo de ‘bolchevismo’.

“La política económica puesta en práctica por los ‘nacional socialistas’ justificaba completamente la confianza que los grandes industriales habían depositado en Hitler. Hitler en cada aspecto cumplió con su política. Ha destruido las organizaciones obreras. Ha introducido el ‘principio de dirección’ en las fábricas. Ha provocado una expansión de la industria pesada en Alemania occidental a través de un inmenso programa de rearme y ha generado a las empresas enormes beneficios. Los beneficios que los manufactureros del Ruhr y Renania consiguieron superaron con mucho el llamado ‘Decreto’ relacionado con la entrega de ‘dividendos’ de 1941 (Dividendenabgabeverordnung). Este Decreto, que como muchos otros decretos nazis significa lo contrario de lo que su nombre indica, permitió a las sociedades anónimas materializar los beneficios que habían acumulado durante 1933-38 y sin tener que desembolsar dividendos por medio de la llamada ‘rectificación’. Aproximadamente 5.000 millones de Rms. de beneficios acumulados, que se habían conseguido en los años anteriores a la guerra fueron distribuidos a los accionistas en forma de dividendos”.

TROTSKY DEFIENDE EL FRENTE ÚNICO

En las elecciones generales de mayo de 1924, los nazis recibieron 1.920.000 votos con 32 diputados. Pero en diciembre del mismo año, después de que el Plan Dawes consiguiera restaurar parte de la estabilidad de la economía alemana, recibieron 840.000 votos y el declive de los nazis continuó. En las elecciones presidenciales alemanas de 1925 el general Ludendorff, ¡el candidato de los nazis consiguió 210.000! En las elecciones generales de mayo de 1928, los Nazis recibieron sólo 720.000 votos, perdiendo 120.000 votos y dos escaños.

Después llegó la recesión mundial y la espantosa crisis del capitalismo alemán. En dos años, en las elecciones generales del 14 de septiembre de 1930, el voto nazi subió a 6 millones. Los fascistas habían sumado a su bandera a grandes sectores de la clase media desesperada. El fracaso de los socialistas en 1918 y de los comunistas en 1923, había arrastrado a una proporción formidable de la clase media, que de la neutralidad o incluso apoyo de los trabajadores, se pasó al lado de la contrarrevolución con su denuncia del “marxismo”, es decir, el socialismo.

Nada más conocerse los resultados electorales, Trotsky y la Oposición de Izquierda, que se consideraban parte de la Internacional Comunista aunque habían sido expulsados, publicaron un llamamiento al Partido Comunista Alemán para organizar inmediatamente un frente único con los socialdemócratas y evitar la llegada al poder de Hitler. Sólo así se podrían proteger los derechos de la clase obrera de la amenaza de los nazis. Los trotskistas advirtieron de las consecuencias trágicas que tendría la llegada al poder de los nazis, no sólo para los alemanes, sino para el movimiento de toda la clase obrera internacional. Avisaron que si eso sucedía, sería inevitable la guerra contra la Unión Soviética.

Pero los estalinistas no hicieron caso. Su política en Alemania era que el fascismo o socialfascismo ya estaba en el poder, que el peligro principal de la clase obrera era la socialdemocracia, que también eran fascistas, socialfascistas.

Los trotskistas británicos fueron expulsados del Partido Comunista en 1932 por defender el frente único entre socialdemócratas y comunistas en Alemania así como en Gran Bretaña. “Es significativo”, escribían los estalinistas británicos en el Daily Worker el 26 de mayo de 1932, “que Trotsky haya salido en defensa de un frente único entre los partidos comunista y socialdemócrata contra el fascismo. Nada más perjudicial y contrarrevolucionario posiblemente se podía haber planteado en un momento como el actual”[1].

Ernst Thälmann, en su discurso de clausura en el XIII Plenario de la Internacional Comunista en septiembre de 1932 (ver Communist International, no 17/18, p. 1.329) decía: “En su panfleto sobre el tema, ¿Cómo será derrotado el Nacional Socialismo?, Trotsky siempre da una respuesta: ‘El PC alemán debe formar un bloque con la socialdemocracia…’ Enmarcada en este bloque, Trotsky ve la única forma de salvar completamente a la clase obrera alemana del fascismo. O el PC forma un bloque con la socialdemocracia o la clase obrera alemana está perdida para 10 o 20 años.

“Esta es la teoría de un contrarrevolucionario y un fascista totalmente frustrado. Esta teoría es la peor de las teorías, la teoría más peligrosa y criminal que Trotsky ha construido en los últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria”. La fuente de esta política del PC alemán, Stalin, dio la línea al partido alemán:

“Estas dos organizaciones [socialdemocracia y Nacional Socialismo] no son mutuamente excluyentes, sino todo lo contrario, son mutuamente complementarias. No están en las antípodas, son gemelas. El fascismo es un bloque sin forma definida de estas dos organizaciones. Sin este bloque la burguesía no podría mantener el timón” (Communist International, No 6, 1925).

Los estalinistas incluso llegaron al punto de incitar a los trabajadores comunistas a golpear a los trabajadores socialistas, reventar sus reuniones, etc., Thaelmann defendió abiertamente la consigna “Echar a los socialfascistas de sus empleos en las fábricas y los sindicatos”. Siguiendo esta línea, el órgano de las Juventudes Comunistas, The Young Guard, proponía la consigna: “Echar a los socialfascistas de las fábricas, los intercambios de empleo y las escuelas de aprendices”. Incluso el órgano de los Jóvenes Pioneros, en su publicación para los hijos de los comunistas, Drum, llamaba a los hijos de los comunistas a “golpear a los pequeños Zoergiebel en las escuelas y patios de recreo” (Zoergiebel era el jefe socialdemócrata de la policía).

No se detuvieron ahí. Los dirigentes de la Internacional Comunista llegaron a defender que el PC alemán se uniera a los fascistas contra los socialdemócratas. El Partido Socialdemócrata estaba en el poder en Prusia que representaba dos tercios, y la parte más importante, de Alemania. En Alemania existía un dicho tradicional que decía: “Quién tiene Prusia tiene el Reich”. Los nazis organizaron un plebiscito el 9 de agosto de 1931, era un intento de echar al gobierno socialdemócrata del gobierno. Si lo hubieran conseguido, habrían llegado al poder en 1931 en lugar de en 1933. La dirección del PC alemán decidió oponerse al referéndum y apoyar a los socialdemócratas. Pero la dirección de la Komintern, bajo la influencia directa de Stalin, exigió que el PC participara en este referéndum y convocara un “referéndum rojo”. En el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Piatnitzky incluso alardeaba:

“Sabéis, por ejemplo, que la dirección del partido se opuso a participar en el referéndum sobre la disolución del Landstag prusiano. Varios periódicos del partido publicaron artículos destacados oponiéndose a la participación en ese referéndum. Pero cuando el Comité Central del partido conjuntamente con la Komintern llegó a la conclusión de que era necesario tomar parte activa en el referéndum, los compañeros alemanes en el transcurso de unos días levantaron a todo el partido. Ni un solo partido, excepto el PCUS, podía hacer eso…”.

Fueron las aventuras alocadas de este carácter las que desorientaron a los trabajadores y facilitaron el éxito de los nazis. La negativa de los dirigentes de las organizaciones obreras de masas a la hora de aplicar una política revolucionaria contra los fascistas, llevó a este poderoso movimiento de la clase obrera, con una tradición marxista de 75 años, a ser aplastado y caer rendido impotente ante las bandas nazis.

Es importante tener en cuenta que los nazis ganaron sólo un pequeño porcentaje de los trabajadores alemanes, la aplastante mayoría se opuso a ellos. En 1931 los nazis consiguieron sólo el 5% de los votos en las elecciones a los comités sindicales en las fábricas. Todo esto después de una campaña terrorífica para penetrar en la clase obrera. Y en marzo de 1933, después de que los fascistas hubieran llegado al poder, a pesar de que ya había comenzaron el terror, consiguieron sólo el 3% de los votos a las elecciones para los comités sindicales. A pesar de la política equivocada de las direcciones, que llevó a cierta desmoralización dentro de las filas de los trabajadores y ayudaron a los intentos de los fascistas de penetrar en sus filas, la aplastante mayoría de los trabajadores permanecieron fieles a las ideas del socialismo y el comunismo.

LOS SOCIALISTAS Y LOS COMUNISTAS SE ENFRENTARON A LA AMENAZA DE HITLER

Los trabajadores estaban ansiosos y dispuestos a luchar contra los nazis para impedir que llegaran al poder. Millones se armaron y entrenaron en las organizaciones de defensa socialista y comunista. Este era un legado de la revolución alemana. La clase obrera organizada constituía la fuerza más poderosa de Alemania… Sólo les hacía falta tener la política necesaria para luchar por la defensa de sus organizaciones y pasar a la contraofensiva para la toma del poder. Pero los dirigentes traicionaron a los trabajadores en Alemania como hicieron en Italia.

Cuando el peligro de un golpe de Hitler parecía más cercano, estos “dirigentes” declararon que los nazis estaban en declive. Los dirigentes socialistas declararon, como si plagiaran a sus homólogos italianos: “Coraje bajo impopularidad”. Defendieron la necesidad de apoyar los decretos ley del gobierno Brüning y apoyar a Hindenburg frente al peligro de Hitler. Se mofaron de la idea de que un país altamente civilizado como Alemania pudiera caer bajo el dominio de la barbarie fascista. El fascismo podía llegar al poder en un país atrasado como Italia, pero ¡no en Alemania con su economía altamente industrializada! Al principio, se mofaban de las burdas y locas ideas planteadas por los nazis. Pedían a los trabajadores que se rieran de ellas e ignoraran sus provocaciones. Sólo les da publicidad decían. No puede ocurrir aquí. Conocemos los argumentos familiares de intelectuales de clase media como Rebecca West, en Gran Bretaña y otras partes.

Constantemente subestimaban el peligro de los fascistas y apelaban a la misma maquinaria estatal que estaba protegiendo y amparando a los fascistas. Pero cuando la amenaza fascista estaba más próxima, sectores de los trabajadores socialistas y los sindicatos comenzaron a formar grupos de defensa en las fábricas y entre los parados. Pero el TUC alemán, la Federación Sindical, se negó a apoyar esto: “… la situación no [era] suficientemente grave para justificar que los trabajadores se prepararan para una lucha en defensa de sus derechos”. Se opusieron a la “centralización y generalización de esta medidas preventivas”, basándose en que eran “superfluas”. El 6 de noviembre de 1932, Vorwarts, el órgano central de la socialdemocracia escribía sobre la caída de los nazis en las encuestas electorales, de 13.700.000 millones a 11.705.257 y la negativa de Hindenburg a entregar el poder a Hitler: “Hace diez años pronosticamos la bancarrota del nacional socialismo; ¡está escrito en blanco y negro en nuestro periódico!”

En vísperas del ascenso al poder de los nazis, Schiffrin, uno de los dirigentes de los socialdemócratas escribía: “Ya no percibimos nada excepto el hedor de un cadáver corrupto. El fascismo está definitivamente muerto: nunca se levantará de nuevo”.

La línea de los dirigentes del PC era, si era algo, incluso peor. Declararon que el fascismo ya había llegado al poder en Alemania y que la llegada al poder de Hitler no significaría ninguna diferencia. En el Reichstag, Remmele, uno de sus dirigentes, declaró el 14 de octubre de 1931: “Herr Brunning ha planteado muy claramente que una vez en el poder [los fascistas], se establecería el frente único con el proletariado y hará un barrido de todo”. (Violentos aplausos de los comunistas). “No tememos al caballero fascista. Pronto quemarán su último cartucho, más rápidamente que cualquier otro gobierno” (“¡Tienes razón!” decían los comunistas).

En 1932 Thaelmann, en un discurso ante el Comité Central, condenó “la sobreestimación oportunista del fascismo de Hitler”. Tan pronto como llegó la primera victoria del movimiento de Hitler en las urnas, el 14 de septiembre de 1930, el órgano central del PC alemán, Rote Fahne, declaraba: “El 14 de septiembre fue el punto culminante del movimiento nacional socialista en Alemania. Después sólo puede seguir su debilitamiento y declive”. A los tres años los nazis habían conseguido ganar el grueso de la clase media y obtuvieron más de 13 millones de votos.

Justo en el momento en que los nazis recibían el primer golpe en las urnas y perdían dos millones de votos, cuando aparecían signos de desintegración en el movimiento nazi, el presidente Hindenburg, los jefes del ejército, la burocracia, los grandes industriales y terratenientes entregaban el poder a Hitler.

Incluso en la decimotercera hora los dirigentes socialistas y estalinistas no dieron una dirección correcta. El 7 de febrero de 1933 Kunstler, jefe de la FederAción Berlinesa del Partido Socialdemócrata, dio la siguiente instrucción los trabajadores:

“Sobre todo no dejéis que os provoquen. La vida y la salud de los trabajadores de Berlín son demasiado apreciadas como para ser puestas en peligro a la ligera, deben ser preservadas para el día de la lucha”. Y esto cuando Hitler ya había llegado al poder en enero de 1933.

Los líderes del Partido Comunista lloraban: “¡No dejemos que los trabajadores den ningún pretexto al gobierno para que adopte nuevas medidas contra el Partido Comunista!” (Wilhelm Pieck, 26 de febrero de 1933).

Los líderes de estos partidos no hicieron nada ni siquiera después de que Hitler llegara al poder. Y los trabajadores alemanes querían luchar. El 5 de marzo, la noche de las elecciones, los jefes del Reichsbanner, la organización militar de la socialdemocracia, pidieron una señal para la insurrección. Recibieron la respuesta de los dirigentes del Partido Socialdemócrata: “¡Calma! Sobre todo que no haya derramamiento de sangre”. El poderoso movimiento obrero alemán se rindió a Hitler sin disparar un solo tiro.

La lucha del Partido Comunista por un frente único, la formación de este frente único de lucha en 1930, habría transformado todo el rumbo futuro de los acontecimientos. La clase media habría seguido la dirección de las organizaciones obreras. Si los fascistas se hubieran enfrentado al poder organizado de los trabajadores, habrían sido aplastados. Cobardemente, capitulando ante las “autoridades”, la dirección permitió a Hitler conseguir una victoria muy barata.

Los reformistas y los estalinistas son iguales en todos los países. En los últimos años la responsabilidad de esta debacle se ha hecho recaer sobre los trabajadores alemanes. En el Congreso del TUC de Brighton, su presidente, Citrine, defendió a los dirigentes sindicales alemanes y su fracaso de convocatoria de huelga general en 1933. Decía lo siguiente:

“Poco después de las elecciones se desarrolló una campaña de terror. El movimiento socialista y sindical prácticamente fue suprimido el 2 de mayo. Había una gran preocupación sobre la aparente ausencia de resistencia ante el advenimiento de la dictadura nazi. Los dirigentes sindicales y socialistas alemanes eran atacados abiertamente y criticados desde los estrados debido a la ausencia de resistencia efectiva. Todo lo que podemos decir era que teníamos conocimiento de primera mano de que se estaban preparando medios de resistencia muy adecuados…

“… Todo lo que puedo decir es que la huelga general fue firmemente planificada y planeada, pero los dirigentes alemanes tenían que tener en consideración el hecho de que una huelga general, después de la atmósfera creada por el incendio del Reichstag y con seis millones doscientos cincuenta mil parados por lo menos, era un acto temerario con consecuencias muy graves, consecuencias que se podrían describir no menos que de guerra civil. Yo esperaba que este país nunca llegara a una posición similar. Esperaba que ellos nunca tuvieran que enfrentarse a esa situación” (The Menace of Dictatorship, p. 8).

QUÉ OCURRIÓ CON LA CLASE MEDIA

Los nazis demagógicamente atacaban a los judíos, los trust y los carteles. Incluso propusieron la disolución de la gran industria y su división entre pequeños empresarios, y la disolución de los grandes almacenes y su división entre los comerciantes. Por supuesto, no tenían intención de llevar a cabo estas propuestas demagógicas, que en cualquier caso habría sido imposible llevarlas a la práctica.

De este modo se ganaron el apoyo entre las masas de clase media. Esta era la base social de los fascistas. Resulta irónico que la clase media víctima de los nazis fuera el estrato de la población que sufrió lo peor una vez los nazis llegaron al poder. La tendencia a la concentración de capital lejos de disminuir se aceleró porque no había resistencia por parte de los pequeños empresarios. Y este proceso estuvo ayudado conscientemente por los nazis. En su libro The Coming Crisis, Sternberg, señala que en 1925 el número de propietarios en Alemania, junto con sus dependientes, suponía 12.027.000 personas, el 20,9% de la población. Debido al desbaratamiento que provocó la crisis en el momento que los nazis llegaron al poder en 1933, en el período de Wehrwirhschaft (economía de guerra), el número descendió hasta los 9.612.000, el 16,2% de la población”.

La publicación económica alemana Wirtschaft und Statistik de 1940 (página 336) comenta de manera brutal como se produce este fenómeno:

“El declive del número de propietarios junto con sus dependientes, el total se redujo en 1,7 millones o aproximadamente un 15% del nivel de 1933, está de acuerdo con una tendencia larga y sostenida de desarrollo. De 1895 en adelante, su número ha decrecido de censo a censo, aunque el declive desde 1933 es, por supuesto, un récord”.

Otra prueba más de este proceso se da en Germany, A Basic Handbook, que señala lo siguiente:

“La concentración de capital en cada vez menos manos se ha producido rápidamente. Muchas empresas pequeñas y medianas han sido absorbidas por las grandes. Desde 1937 hasta finales de 1942, el capital invertido en sociedades anónimas aumentó más de un 10%. Al mismo tiempo, el número total de estas empresas decreció. Así, a finales de 1942, el 1% de las empresas poseía el 60% del capital invertido en las sociedades anónimas. Como señala Deutsche Allegemeine Zeitung el 6 de enero de 1944: ‘Del total de sociedades anónimas alemanas con un capital de 30 millardos de Rms, aproximadamente tres cuartas o cuatro quintas partes pertenecían a grandes accionistas o carteles”.

Los representantes de las grandes empresas ocupaban puestos clave en la economía. Al mismo tiempo, existía una “interpenetración mutua, por un lado, los principales industriales, banqueros, como líderes de la economía de guerra, líderes de los Gau (regiones), Cámaras de Comercio de Grupos Comerciales… de Asociaciones del Reich, etc., se convirtieron en sirvientes del Estado y fueron designados para altos puestos administrativos, por otro lado, los funcionarios de alto rango, la burocracia nazificada de los departamentos estatales se esforzaban por conseguir puestos bien pagados en la esfera de la empresa privada. Al final, existían varias empresas semiestatales, semiprivadas, que podrían ser descritas como bienes públicos en la esfera industrial. La más conocida de este tipo es Hermann Göring-Konzern.

“… Resulta bastante obvio que este proceso dio muchas oportunidades a la élite nazi para convertirse en los nuevos industriales y explotadores nazis, y de este modo vemos estos nuevos nombres, junto con los viejos y bien conocidos nombres de los distintos sectores de la industria alemana y austriaca, en posiciones dirigentes de la administración y consejos de administración de las distintas ramas de Göring-Combine

“A esta conexión habría que añadir unas pocas palabras sobre una empresa típica del partido, Gustolff Foundation, que fue fundada sobre una propiedad ‘arianizada’, la fábrica de armas Shul en Thuringia, en honor de Wilhelm Gustloff, un agente nazi en Suiza que fue asesinado en 1934 y que pronto se convirtió en un cartel de armamento y máquina herramienta, formado por seis empresas, entre las que estaba la fábrica de municiones austriaca Hirtenberg. Este cartel está dirigido exclusivamente por el partido, es decir, por el Thueringens Gauleiter Sauckel… Nada se conoce de las finanzas de la fundación ya que, como en el caso de Hermann Göring Werke, no se publican los balances, beneficios ni pérdidas.

“El desarrollo de este sector de grandes empresas del partido no constituye la nacionalización, ni es una negación del capitalismo o la plutocracia. Todo lo contrario, es la retención de todo lo que les es permitido acumular a los miembros del partido para sus imperios industriales y explotar nuevas fuentes de ingresos.

“Así, las filas de los viejos gobernantes de la industria y el comercio se prestaron a este compromiso en la medida en que los beneficios acumulados de la alianza con la élite del partido y la burocracia, es decir, el expolio conjunto de la pequeña empresa y todos los estratos de ‘hombre pequeño’, pesaba más que todos los sacrificios del grupo”.

En la purga del 30 de junio de 1934, Hitler atacó a aquellos elementos en las filas de los fascistas que demagógicamente estaban jugando con las aspiraciones de la clase media, además de actuar contra aquellos que de verdad se habían dejado engañar por las mentiras propagandísticas de los nazis. Después de haber hecho esto, Hitler transformó su dictadura en un Estado policiaco-militar, representando los intereses de los industriales y terratenientes. En lugar de romper las haciendas de los junkers y entregárselas a los campesinos como prometió, el poder de los primeros se fortaleció. En lugar de dividir los grandes centros comerciales y repartirlos entre los pequeños tenderos, en lugar de eliminar los carteles y monopolios, las pequeñas tiendas fueron cerradas en miles y tuvo lugar una mayor concentración de la economía en manos de los trust.

Vemos como la única promesa que mantuvo fue la persecución de los desgraciados judíos. La clase media fue expoliada, las organizaciones obreras aplastadas y los fondos de las organizaciones obreras fueron confiscados para beneficio de los nazis. Abrieron campos de concentración y comenzó el reino del terror contra los trabajadores socialistas y comunistas, y los judíos, como nunca antes se había visto en la historia moderna.

Los fascistas hicieron una gran interpretación del hecho de que en la Alemania de Hitler no existía desempleo. Es verdad que como resultado de los inmensos planes de rearme de Hitler, y la abundante mano de obra en las fortificaciones y armas alemanas, en Alemania no existía desempleo. Por supuesto, de no haber ayudado la guerra Alemania habría sufrido una recesión económica tanto desastrosa como en los demás países capitalistas. Hitler gastó fabulosas sumas de dinero en los preparativos de la guerra porque la consideraba el único camino para el imperialismo alemán y su propio régimen. Apostó todo a la producción de armamentos a una escala nunca alcanzada por ningún Estado en tiempos de guerra.

Los trabajadores alemanes tenían que trabajar largas horas por bajos salarios para preparar los instrumentos de destrucción que no les beneficiarían a ellos ni a los trabajadores de otras tierras. Estaban empleados… para producir para la terrible catástrofe que rebasó a Alemania en la guerra. Hitler les consideraba como cerdos que deben ser engordados para la matanza.

En 1935 un informe de los empresarios aclamaba entusiastamente que las nuevas leyes laborales “en el momento actual, precisamente, requieren aumentar la intensificación de la producción…” (es decir, acelerar). Göring declaraba abiertamente en un discurso: “Debemos trabajar doblemente duro para sacar al Reich de la decadencia, la impotencia, la vergüenza y la pobreza. Ocho horas diarias no son suficientes. ¡Debemos trabajar!” El 22 de mayo de 1933, Hitler decía en el Reichstag: “En Alemania la propiedad privada es sagrada”.

De los 25 puntos del “Programa” nazi sólo la persecución de los judíos, un chivo expiatorio de los crímenes del capitalismo, se cumplió. A la desilusión se le dio una salida con el cebo judío. Incluso después de dejarlos indefensos, privados de todos sus derechos, arrojados a campos de concentración, se fomentó el mito de los judíos como responsables de todos los males de la sociedad. Como señalaba Hitler: si no hubiéramos tenido a los judíos tendríamos que haberlos inventado. No es de extrañar que Goebbels se lamentara públicamente de que los nazis hubieran publicado el programa.

Después de la guerra y la derrota del imperialismo alemán, los Aliados no han provocado la destrucción del fascismo. La clase media, la base potencial de masas para el fascismo, hoy está apoyando a los Demócrata Cristianos alemanes.

La política estalinista de reparaciones y venganza no fue capaz de reunir el apoyo de las masas alemanas. Como resultado de la política de los Aliados, las masas alemanas están cerca del hambre en el sentido literal de la palabra. Cuando la recesión afecte a Alemania es inevitable el colapso de los partidos capitalistas “democráticos”. No hay camino intermedio. De nuevo la alternativa en Alemania será: o la victoria de la clase obrera o una nueva dictadura fascista.

NOTAS:

[1] Esta línea no se limitaba a Alemania. El minúsculo Partido Comunista en Gran Bretaña defendía reventar las reuniones del Partido Laborista. Pollitt escribía en Daily Worker, el 29 de enero de 1930: “No debería poder celebrarse en ninguna parte un acto laborista, pero los trabajadores revolucionarios en ese distrito que asisten a tales reuniones y luchan contra los oradores, quienes quiera que sean, llamados de “izquierda”, “derecha” o “centro”. Nunca debería permitirse que hablen en las reuniones. Esto nos provocará conflictos con las autoridades pero esto debe hacerse. La lucha no se puede ya hacer de una manera pasiva”. (Nota en el original)

Tomado de: http://elmilitantevenezuela.org/index.php?option=com_content&view=article&id=7272%3Ala-amenaza-del-fascismo-que-es-y-como-combatirlo&catid=108&Itemid=100046

Anuncios