“HE LEÍDO” Y ACEPTO LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES…

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“Según los cálculos de Ignazio Ramonet, durante los últimos treinta años, en el mundo se ha producido más información que durante los 5 mil años anteriores(…) La dificultad, por no decir imposibilidad, de absorber y asimilar ese volumen de información actualmente ‘disponible’ (y por lo tanto endémicamente superflua, por no decir ‘muerta al nacer’) se desprende claramente de  una de las observaciones de Eriksen, quien afirma que ‘más de la mitad de todos los artículos periodísticos publicados en materia de ciencias sociales nunca son citados’, lo que sugiere que más de la mitad de la información producida por los investigadores no es  leída nunca por nadie”.

Zygmunt Bauman, Vida de consumo, México, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 61.

 

Irónico, comenzar el siguiente artículo con tal cita, pero no hacerlo sería omitir una realidad que debe ser aceptada principalmente por quien escribe, sería como tapar el sol con un dedo y emitir ideas sin conciencia. Vivimos en un mundo fugaz, de experiencias cortas que deseamos tener en nuestras manos con prontitud, porque el sentido no es disfrutar alcanzarlas(ese juego entre lograr y fracasar)y por ende no suelen valer tanto como para retenerlas, no se trata de apreciar ni valorar, se trata de consumir, ¡Pásame la siguiente, que una vez que la tengo en las manos ya pierde el sentido!. El exceso de información se ha convertido en la forma occidental de represión, ya no es un fusil sino una enorme pantalla de colores que se funden directo en la psiquis. El DS, la tablet, el celular, han dejado de ser herramientas ocasionales para convertirse en indispensables; los periódicos, las noticias, las informaciones en los empaques de los productos que adquirimos nos dicen mucho y no nos dicen nada, mucha información no es sinónimo de verdad, ni es necesariamente conocimiento útil, hay demasiada mala información y el motivo de eso es, precisamente, causar desinformación, sabemos y conocemos aquello que al consumo le interesa que sepamos no lo que nos es necesario o gustoso saber, no hay elección cuando nos presenta su menú de opciones, si lo pensamos bien solemos obtener aquello que se nos induce como correcto, necesario, agradable y propicio. Nos dicen qué debemos pensar no cómo se logra pensar. El sistema está interesado en mantenernos allí para preservar su existencia.

Si la apertura de publicaciones al público en general se convirtió en una nueva bandera de libertad, la sobreinformación que eso trajo consigo volvió a esclavizarnos, el deseo por vivir cada aspecto de nuestra vida ¡ya y ahora!, porque hemos hallado la manera de no esperar tanto, nos ha convertido en mediocres y a nuestros trabajos en basura literaria o informativa. Tanta información aturde, se pierde el placer de leerla, hay un mar de escritos que hace imposible que muchos surjan, quién querrá, por ejemplo, interesarse en esto que escribo.

El constante bombardeo dirigido por aquellos quienes pueden pagarlo y les conviene hacerlo presente y constante, nos distrae de nuestras acciones conscientes y nos sumerge, precisamente, en ese constante vivir de consumo, donde nos tragamos nuestros días, nuestros momentos y hasta nuestros recuerdos, terminamos derrochando nuestros sentimientos, nuestros pensamiento y nuestras emociones, ya no hay placer en saborear la comida, ni en ver a niños correr y a los ancianos gritar, ni en la copa de vino, ni en la mano que tenemos al lado. Está diseñado así, el mundo está siendo controlado así, porque resulta que hasta la seguridad se vende ahora y lo que se vende genera ganancias y quien se queda con ellas le gusta mucho ganárselas, y ellos tienen la culpa, porque lo hacen con toda la conciencia de causar ansias de consumir, desapego de lo que ahora tenemos para ir por lo siguiente, y decepción de nunca sentirnos completamente satisfechos pero con la falsa promesa de que “si te esfuerzas un poco más lo lograrás ¡así que sigue consumiendo!, porque tú eres lo que consumes y si no consumes no eres nadie”, ese el mensaje de nuestro día a día,  de alguna forma lo reproducimos, nos lo hacen saber a diario, está oculto entre las propagandas, entre las vallas publicitarias, entre las tiendas del centro comercial, entre las pláticas cotidianas, mientras seguimos pensando que somos libres y que estamos perfectamente bien informados.

Resulta que el entorno en el que vivimos nos condiciona, además de los tantos colores, imágenes y sonidos que actúan sobre áreas de nuestro cerebro y esos estímulos nos desvían hacia aquello que se nos vende, vamos como corderos al matadero, como moscas hacia la bonita luz que brilla. Resulta, que a su vez el entorno lo hacemos nosotros, que así como no existe el gobierno sino por el pueblo que lo elige, no existe el marketing sin compradores, resulta que a pesar de todo seguimos siendo seres racionales dentro de nuestros instintos, resulta que hay que hacer un sacrificio para no hundirse o nos hundimos con la boca cerrada, resulta que debería llegar ese momento de preguntarnos si podemos o no quebrar nuestra propia cadena, como individuos cada uno, y si esa respuesta es afirmativa resulta que también nosotros somos culpables.

Pero es tan difícil, las luces brillan tanto, los colores son tan bonitos, estamos tan cómodos, tan desmotivados, tan decepcionados, y el mundo en nuestra contra. Resulta que las luchas anti-sistémicas son de un trabajo arduo y complejo, porque “el sistema” es muy rico y tiene demasiado poder, y la naturaleza humana es tan corruptible; resulta que podemos seguir tratando de tumbar linajes hereditarios multimillonarios y multidesgraciados a punta de armas o de información, o tal vez, sólo tal vez, podemos sentar cabeza, pensar en seco, ignorar lo que nos ofrecen y ellos perderían importancia. ¿Podemos o no podemos? la respuesta es la cuestión… ¿Qué tanto podemos, o no, apagar el televisor?, ¿qué tanto podemos, o no, dejarnos de que los computadores críen a nuestros hijos?, ¿qué tan fuerte son las ataduras que llevamos alrededor de las manos? Cuando tengamos el revólver en la nunca para que nos obliguen a ver sus programas, a comprar sus productos, a reproducir su sistema, entonces buscaremos nuevas soluciones, entonces veremos qué es lo que nos tocará hacer para esa nueva lucha, pero mientras tanto salgamos de ésta, ¿cuándo admitimos nuestra parte?, sólo así se podrá corregir lo que estamos haciendo mal, lo cual, me parece, incide bastante.

¿Hay otra opción? No digamos cambiar el mundo, no digamos cambiar el país, hagámoslo lo más sencillo posible, llevémoslo a lo cotidiano; por ejemplo, qué tan efectiva es la partidización en nuestras palabras al momento de hacer contacto con otros iguales o diferentes a nosotros, qué ha sucedido con la creación de grupos de lectura que innovan conocimientos, dónde están las ideas que trascienden de época y se vuelven alrededor de los problemas presentes, cuántas de las propuestas puestas en marcha logran algo verdadero y perdurable. Qué hemos hecho hasta ahora, como personas, para estar satisfechos de la seguridad de que eso, pequeño pero que vamos avanzando, está dando un verdadero resultado. Qué nos hace merecedores de esa bandera, en el caso de los venezolanos, que algunos incluso ya rechazan cuando debería ser ella quien nos rechace a nosotros. Tener logros, disfrutar las tardes, los días y las noches de ocio, graduarnos, tener título y hacer dinero, ¿será la condición humana tan triste que toda su vida deberá basarse sólo en eso?. Después de todo somos las decisiones que tomamos, pero no estamos solos, nuestras decisiones se conectan con lo que hay más allá de nuestra individualidad.

B. Uzcátegui
Estudiante de sociología, UCV

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