Navidad y sociedad de consumo

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Junto con las luces de fin de año, llega el tiempo de rendir culto a las compras

CARMELO HERNÁNDEZ Y ANTONIA CHINCHILLA

El consumismo es la inducción al consumo no necesario, a través de una agresiva publicid

ad que lleva a la compra de productos innecesarios, que son rápidamente sustituibles por otros, igualmente superfluos y poco perdurables, con el fin de mantener estable la producción. En el consumismo es únicamente importante el hecho compulsivo de consumir por consumir de forma insaciable.

También podemos definir el consumismo como una forma de estimulación adictiva, propia de las economías neoliberales, destinada a actuar como mecanismo de sostenimiento de una actividad productiva creciente. El consumo es el epicentro de cualquier actividad de la sociedad humana contemporánea, en la que, Incluso los más jóvenes, que aún no disfrutan de poder adquisitivo, al igual que los adultos, también son bombardeados con campañas consumistas específicamente diseñadas para su imaginario juvenil, como por ejemplo, la made in USA celebración de Halloween. En efecto, ya pasó el tiempo en que cuando los grandes hablaban, los niños guardaban silencio. Los jóvenes de hoy se perciben a sí mismos como influyentes en las decisiones de consumo de su hogar. Los jóvenes, como cualquier consumidor, en mayor o menor medida, también hacen regalos, aunque, evidentemente, prefieren recibirlos.

El consumismo en nuestra sociedad ha llegado a un punto en el que todos nos estamos volviendo ciegos ante la posibilidad de tener y acaparar más bienes. Tanto es así, que esa ceguera intelectual, la mayoría de las veces, nos impide ver los problemas que esa compulsión trae consigo. Ya nadie al comprar tiene en cuenta el hecho de que por elegir unas zapatillas u otras puede salvarse una vida humana, porque esa marca destina tal coeficiente de sus ingresos a investigación en medicina comunitaria, por ejemplo.

 Sin duda ese afán consumista ha influido de manera muy poderosa en que la Navidad se haya desvirtuado tanto en nuestros días, porque con la llegada de las luces de fin de año, inevitablemente llega también el tiempo de rendir culto al consumo. En estos días, los medios de comunicación, con sus anuncios publicitarios, se encargan de crearnos una necesidad imperiosa de comprar y consumir. El consumismo está presente día tras día en la Navidad, por eso una de las virtualidades de esta celebración es que nos ayuda a ver más claro el tipo de sociedad en la que vivimos, una sociedad que establece una grotesca equivalencia entre Navidad y despilfarro, entre Navidad y comilonas, entre Navidad y ostentación. En estas fechas, muchos críticos con los desvaríos y excesos del consumismo navideño opinan que se hace muy cuesta arriba creer que ese tipo de sociedad que promueve ese perfil de exceso y contradicción, sea capaz de enrumbarse globalmente hacia un destino común, probablemente algo tan falso como la nieve de los adornos navideños.

Aquí cada cual lleva la Navidad «a su manera», como diría Frank Sinatra, “según las posibilidades de su bolsillo”. Pero también es verdad que aunque todos andemos un poco locos comprando regalos que nada significan, ajustando nuestras posibilidades en un marco global de crisis generalizada, ello no es obstáculo para que, al menos una vez al año, tratemos de recordar el mensaje del cristianismo y tratemos de compartirlo con nuestras familias y otros seres queridos.

Para mucha gente, cada día de Navidad es uno más en sus vidas yo no ven nada especial en la celebración. Para los marginados el día de Navidad es un día muy triste. También para los pueblos que agonizan entre miseria y guerras… Allí no hay Navidad.

Tras constar verazmente la clara certeza de esas afirmaciones, cuesta mucho reconocer cuanto nos hemos alejado de todo lo concerniente a valores supremos como solidaridad, amor, paz, unión, entre otros, en la construcción evolutiva del concepto de Navidad. Cómo hemos ido vaciando de contenido real esa palabra y la hemos ido engordando vacuamente, gracias a la imparable maquinaria del floreciente mercado navideño. Sin embargo, no todo el mundo vive la Navidad así. Seríamos terriblemente injustos si afirmáramos que todo el mundo permanece igualado frente a esa visión consumista. No. Lo tenemos claro. Y es así porque nosotros también nos sentimos parte de ese enorme mundo de gente que celebra sin consumir, con más modestia que ostentación, con más amor que dinero, la fiesta de la Navidad.

 A ellos les dedicamos esta crítica columna, sin olvidarnos de que, gracias a la Navidad, se restablecen momentáneamente muchas relaciones de amistad que se habían perdido un poco o totalmente y, por supuesto, se estrechan los lazos familiares y todos nos deseamos paz y felicidad. La misma que les deseamos desde aquí, Carmelo y Antonia, real y sinceramente ¡Feliz Navidad, amigos y amigas!

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